Teresa tardó un tiempo en volver a aquella casa. No, no era cobardía, era la absoluta negación de la dolorosa realidad. Ya nunca contestaría nadie a su llamada y al abrir ella misma la puerta, como en los últimos tiempos, no se escucharían los sonidos familiares, ni el olor dulzón del guiso de mediodía, mezclado con toques de clandestino tabaco…
La llave parece negarse a entrar en la cerradura, o es la cerradura la que esquiva el contacto con la llave. A tientas recorre el pasillo hasta la estancia, donde lo encontraba. Levanta la persiana con un estruendo sacrílego y la luz entra, tamizada por la suciedad de los cristales.
Todo está igual, o igual pero más viejo, o tan decrépito como antes pero visto con otra mirada. La huella del cuerpo en el sillón casi desfondado, junto a la pila de libros en equilibrio inestable, lo único perdurable.

Loreto López

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