La noche prometía aventura. Nuestros sacos sobre la hierba nos esperaban en el jardín de la casa. 
El silencio sólo lo rompía el ladrido de los perros y la luna adormedida apenas iluminaba el solitario
ciprés. 
Era una noche ideal para contar estrellas y ver constelaciones. En lo alto de la casa había una 
estancia de grandes ventanales desde donde se veía la mansión que hace años devoró el fuego.
Corrían mil histórias sobre lo sucedido aquel día, y ése momento parecía el indicado para recordarlas. 
Aún no había empezado a amanecer cuando un aullido cortó el silencio. Decían los ancianos del lugar, 
que siempre en esa fecha una sombra misteriosa atravesaba los campos de la mansión.
Decidimos subir apresuradosca la estancia del torreón y vimos un algo giganteaco corriendo a la 
velocidad del viento, desapareciendo entre la nada.
Desde entonces, algunas noches, permanecemos en la estancia , esperando que otro aullido nos deje
ver su cara.

Jan

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