Era una batalla perdida. Ni siquiera en aquella última cita previa a la retirada obligatoria,
lograría vencer el terror que carcomía su alma forjada en tardes de valentía indiscutible.
Buscó cobijo en la oscuridad que envolvía la desvencijada estancia. Un rayo de luz se abría
paso entre los cristales opacos para mostrar en anguloso espacio, el sillón engalanado con 
el traje color grana y oro que cubriría su cuerpo pespunteado a cornadas.
De nuevo, aquel angustioso sabor a hiel en el paladar, el sudor frío que helaba sus entrañas,
el temblor incontrolable de su mano izquierda que, en otro tiempo, le guió hasta la gloria. 
Jamás dominaría a aquella fiera que aparecía insaciable en su reencuentro con la muerte acunada
entre los pitones del oponente. 
Rogó al cielo protector, una hecatombe universal que impidiese el expectante llamamiento...
Solo una voz familiar consiguió ahuyentar momentáneamente, la familiar conmoción:
"Maestro...Es la hora!".

Gloria Cantero

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