Me parecía extraordinaria la manera de introducirlo en su boca. Nunca había visto a nadie comerlo de forma tan sensual.
Al sacarlo, relamía sus dedos con la misma pasión.
En ninguno de mis innumerables viajes a tierras murcianas vi comerlo con aquella gracia.
Tanta fue mi impresión por la escena que observaba que no pude evitar que en mi cara se reflejara enorme admiración, por lo que una señora próxima a mí, quizás preocupada por mi estado, se acercó y dulcemente me preguntó:
-Caballero, ¿nunca ha comido usted un paparajote?
María Mercedes Cárceles Hernández
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