La niña agarró la azada de su abuelo, un legado del que estaba orgullosa, y con ella abrió la tierra de igual manera que le había visto hacer tantas veces; incluso las botas pisaban tal como lo hacía él. Apenas podía mover el legón pero continuaron sus golpes contra el bancal. En el bolsillo tenía las sobras del limón, al exprimirlas sus pepitas cayeron en el hoyo recién hecho. Todo quedó cubierto con abono. “«Mengaja, ¿has preparado los paparajotes?», retumbó la voz de su padre desde la barraca. «Enseguida brotarán las hojas, papi, no te impacientes», gritó ella.

Ewal Carrión Díaz

 

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