Me tenía hechizado, embrujado, no sé si enamorado, hasta que se me mostró tal como era: dorada, sabrosa y un puntito crujiente, pero verde y tiesa por dentro, como un paparajote. Y como un forastero de la huerta, cuando quise darle el primer bocado, la boca se me llenó de esa aromática, verde y fresca hoja de limonero, dura, insípida y desagradable como aquella joven que no tenía nada que ofrecer nada más que lo que estaba a la vista.

 

Enrique Martín Muñoz

 

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