La mujer desliza la lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, y siente las enervaciones y sinuosidades de esa masa que ocupa toda su boca. Cierra los ojos para concentrarse en el regusto dulzón con un deje amargo que le arde en el paladar. Entonces, de golpe, abruptamente, la introduce entera en la boca y sorbe con fuerza. Utiliza los dientes en su justa medida: no llega a morder pero los hace notar.
 
El hombre de la mesa vecina del restaurante, al borde del paparajote, no le quita ojo de encima: Santo Dios, esa mujer sabe cómo comerse un paparajote.
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Juan José Lara Peñaranda
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